Una tarde de tormenta estaba pintando,
cuando escuché el sonido de un pájaro golpeando sobre el ventanal.
Como una gran jaula,
la cúpula de vidrio termina de sellar la casa,
en el tercer piso,
donde está mi atelier.
Dicen que con los años uno se acostumbra a casi todo
cuando es repetitivo.
Año tras año,
la cúpula fue atrayendo a las aves autóctonas de la capital:
palomas que golpean fuertemente,
picazurros que caían mareados por la tormenta,
o cegados por el calor del verano.
Cayeron.
Y como parte de ese ecosistema de vida y muerte,
fui enterrando en el jardín
a los pájaros que caían y morían.
No siempre es triste.
A veces lo espero.
Otras, quisiera contártelo.
Camufleros juegan al amor libre en el gris cemento de mis balcones,
mientras aguiluchos codiciosos, acechan presas fáciles.
El invierno dio paso al verano,
y el verano volvió a ser invierno.
Tus alas descompuestas fueron fértiles:
abonos, lombrices, alimento para otros pájaros.
La brisa se encargó del resto,
como si nunca hubiéramos existido.
Y seguí pintando cementerios de pájaros,
mientras vivía,
mientras moría.
