Estaba una tarde de invierno aquí en mi atelier,
recuerdo que fue al día siguiente de que vinieran a podar el árbol de atrás de la casa,
ese en el que una vez el Búho posó.
Revisando cajones, encontré el catálogo de una muestra que había ido a ver
en el museo de Guggenheim de Bilbao.
En su tapa, la langosta inflable de Jeff Koons estaba.
Recuerdo haber pensado:
¡Qué suerte la mía!
Jeff Koons, el maestro de la retrospectiva,
y Basquiat, en la misma exhibición.
En mi lienzo, la langosta se desarma para dejar su caparazón.
Sabe que el que tiene le queda chico, que la asfixia
y que tiene que fabricarse uno nuevo.
Es lo mejor.
Entonces, la melancolía se instaló
como eso que se fue
y que ya no volverá a ser lo mismo,
y le dio rienda suelta a los enlaces del tiempo,
aquí, en mi corazón.
Un aerosol rosa simula inflarla,
como la langosta de Jeff Koons,
mientras círculos de latas oxidadas
y trazos basquianeros la veneran.
venerate it.
Y en el fondo de la casa,
en aquel árbol desierto,
luna llena en Escorpio,
el Búho volvió,
pero no siendo el mismo.
Como la langosta,
como el árbol,
como vos.
